Cada tercer jueves de noviembre, el vientre de Lyon vibra al ritmo del vino joven: en Les Halles de Lyon Paul Bocuse, el Beaujolais nouveau se saborea entre apasionados.
Hay mañanas de noviembre en las que Lyon contiene el aliento. El tercer jueves del mes, a las doce en punto, el Beaujolais nouveau ha llegado: la fórmula ritual resuena desde los bouchons de la ciudad hasta los pasillos de Les Halles de Lyon Paul Bocuse. Bajo la gran vidriera, este vino joven, nacido de la uva Gamay al norte de Lyon, se reencuentra con su público más fiel. Pues fue precisamente en los bistrós lioneses donde esta tradición echó raíces, antes de irradiar a los cuatro rincones del mundo.
Nacido del deseo de los viticultores de vender la cosecha del año ya en otoño, el Beaujolais nouveau conquistó sus cartas de nobleza a lo largo del siglo XX. La fecha del tercer jueves de noviembre, fijada en 1985, lo convirtió en un verdadero acontecimiento nacional, esperado hasta en Asia, adonde se envían cada año millones de botellas. En Les Halles, este vino joven, ligero y afrutado reencuentra su vocación primera: la de compartir.
Tras los mostradores, los bodegueros de Les Halles transforman la llegada del vino joven en una fiesta gastronómica. Se descorcha, se degusta, se comenta el ropaje púrpura y la nariz de frutos rojos, se comparan las cuvées de una bodega a otra. Copa en mano, lioneses y visitantes de paso arreglan el mundo en ese ambiente cálido que constituye el alma del mercado cubierto.
Pero el Beaujolais nouveau nunca se bebe solo. A lo largo de los puestos, reclama la charcutería de un Sibilia, un saucisson caliente, un plato de embutidos o una tabla de quesos curados. El mâchon lyonnais, ese contundente tentempié heredado de los tejedores de seda, encuentra aquí su maridaje perfecto. Todo el arte de vivir lionés se concentra en unos cuantos bocados y unos cuantos sorbos.
Verdadero templo de la degustación, Les Halles de Lyon Paul Bocuse encarnan a la perfección esa convivialidad que celebra el Beaujolais nouveau. Más que un vino, es un momento suspendido, una promesa de complicidad y buen humor. Cada otoño, bajo el padrinazgo del coloso sagrado de la gastronomía, el vientre de Lyon demuestra que la fiesta se vive ante todo en la mesa, entre amigos.
